30 abril, 2011

302 - Tener un auto... O, mejor dicho, MI auto...

Andar motorizado... Bendición u obra del Demonio en estos tiempos que corren? Son muchas las ventajas, dirán... También las desventajas, responderé... Y su optimismo es completamente válido, pero existe porque ustedes no saben como es mi experiencia con mi auto. Acostumbrado a aburrirlos con cosas de mi vida que bastante poco importan y, para no perder esa costumbre, hoy voy a hacer un pequeño recorrido sobre cómo cambió mi vida el haber adquirido ese bodoque con ruedas que tiene el valor de hacerse llamar auto, sobre como el muy hijo de puta se hace querer a pesar de ser como una cuponera de descuento a los problemas de todo tipo y, de paso, hacer un brevísimo detalle de los disgustos que me causó en estos pocos meses que transcurrieron desde que adquirí esa tarjetita amarillenta con mi foto (muy venido a menos...) que certifica que soy un peligro al volante avalado por el Estado.
La nave en cuestión es un modesto pero resistente Renault 9 TS `92, algo feito de aspecto pero con mucho amor para dar. Pertenecía a mi abuelo que, decidido a no manejar más, lo dejó en manos del crudo asesino que aquí les habla a un módico y accesible precio familiar. Sin detenerme mucho en los desdenes ocurridos previo a obtener mi registro, encabezados por el hecho de que al momento de sacarlo manejaba realmente como el orto; mi primera mala experiencia ocurre en una avenida de mi querido Caseros, un día cualquiera yendo con mi vieja y mi hermanito no sé a donde. Encontrábame manejando con una tranquilidad limitada, ya que mi progenitora tiene el don de llegar al límite de poner nervioso hasta a Mahatma Gandhi, y hasta bajarle la autoestima a cualquier fanfarronucho promedio; cuando de repente un impío colectivo de una línea de la cual no daré nombres, tan sólo un approach encriptado, frenó desquiciada y sobradoramente como lo hace cualquier colectivo en cualquier parada, ocasionando que yo, inocentemente y con la bondad de un Ingalls new age, quiera pasarlo a los insultos y sin tiempo de girar completamente el volante para impactar directamente (y, afortunadamente, muy despacio) mi óptica delantera derecha contra su óptica trasera izquierda. TUN! El impacto hace su descargo. Yo me agarro la cabeza. Mi vieja hace su descargo contra mí. Mi vieja hace otro descargo contra mí. Mi vieja continúa una gran seguidilla de descargos contra mí. Yo bajo a ver el porrazo, y de nuevo me agarro la cabeza mientras un sólo pensamiento giraba en mi aturdida mente: "LA CONCHA DE DIOOOSSSS!". El colectivero baja en son de paz y, tras juntar la punta de nuestros respectivos índices entre medio de un resplandor enceguecedor, y que el ser en cuestión me llamara "Eeeelliott" y pidiera "telefonear casa" (todo lo anterior forma parte de mi imaginación) intercambiamos datos del seguro y cada cual sigue su marcha. El señor, como si nada. Yo, con una óptica parcialmente abollada y una temperatura corporal que haría que el mismísimo Averno se sienta como un Naranjú, o como el pecho de Messi vistiendo la albiceleste. El primer fracaso explícito, el comienzo del caos...
Ya superado el temor inexistente, junto con la frustración efímera de tan poco trágico episodio, nuevos problemas me esperaban a la vuelta de la esquina. Mentira, en San Martín. Una noche de Jueves como todas, en las cuales solemos salir a comer pizza gratis con dos queridos amigos, me sorprende un leve olor a quemado que parecía provenir directamente del capot de mi auto. Si no hubiera sido por el humo proveniente del motor, probablemente mi optimismo o mis pocas ganas de frenar habrían causado un estallido tal que no permitiría que hoy les contara el cuento. Los entendidos dirán "Y no miraste la temperatura, salchipapa?". He aquí entonces la respuesta: me harté de mirarle la temperatura, la cual no reflejaba la triste realidad puesto que algún gualicho que mi mente se esforzó en crear hizo hacer masa el cable que conecta el electroventilador con la agujita de la temperatura, no permitiendo a mi pobre y fiel compañero de rutas refrigerarse ni expresarse ante la excesiva presencia de calor. El resultado? Llegar de orto a Caseros con lo justo, y desenfundar una considerable cantidad de dinero para cambiar la quemada tapa de cilindros. Este rollo le valió a mi auto el apodo que todavía hoy lleva, "La Máquina Misterio". No es joda, le decimos así.
Ahora me pregunto, quieren más? No? No me importa, les cuento igual. Presto a salir andando contento desde un lugar no muy lejano a mi casa en el que me encontraba averiguando para instalarle el estéreo y unos parlantes, lo pongo en marcha, como siempre. Pero el mismo gualicho malo (esta vez haciéndose carne en el pelotudo que atendía el local y vino a mirar el agujero para el estéreo, tiene sus recursos, no se crean...) dejó la palanca de cambios en cuarta, lo cual generó un violento sacudón hacia adelante seguido de un ruido que, por este medio, sólo podría expresar como FFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFSHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH. El resultado? Bendix de arranque pegado, carbones quemados, bolsillos vacíos, electricista de automotores contento.
No conforme con todo lo anteriormente sucedido, también hubo que arreglarle las balizas que, no se sabe por qué, dejaron de andar; se cagó la llave de contacto y tuve que andar varios días con dos cables pelados que debía empalmar con sumo cuidado para que el auto arranque; y, entre otras cosas menores, me patinó la correa y hubo que cambiarla. Esto último mencionado hizo que en el día de la fecha, al salir de la facultad, y ya todo listo para salir a tomar algo con dos compañeras, la Nave no arranque por falta de batería. No parece tan grave pero... La lluvia... La lluvia que siempre te caga la vida. La lluvia que me hizo mojar todo, a mí y también a mis compañeras cuan si fuera poco. Pude sacarlo empujando del estacionamiento de la facultad, con la ayuda y buena voluntad de tres pardos que andaban por ahí, pero se frenó a mitad de camino (JUSTO antes de cruzar una vía, respiré aliviado al darme cuenta...) y tuve que recurrir a la inmensamente útil pero no siempre bien ponderada grúa, no significando eso que hayan mermado los empujones, a pesar del hecho de que mis nervios y el frío de la lluvia lograron en mí un efecto endurecedor y no podía ni mover lo' piese'. Podría explayarme infinitamente con teorías de por qué mierda me pasa TODO A MI, o creando conjuros para sacarle la maldición al auto, pero ustedes deben estar tan cansados de leer como yo de escribir.
Para cerrar con una conclusión, y que no digan que mis posts son todos en vano (jamás lo dijeron pero yo me atajo...) mi auto es una masa, me lleva, me trae (a veces), me aguanta y sobre todo me quiere como yo a él, no me cabe duda; pero de todo esto podemos sacar dos enseñanzas, a saber:

1 - Si te comprás un auto, que no sea el mío.
2 - Tené por las dudas siempre a mano el número de tu bruja de barrio.
3 - Aprendé a contar.

Despidiéndome hasta el próximo relato de mis miserias personales, como siempre mi cordial saludo a nuestros pacientes lectores y, parafraseando al gran José María Listorti en un genial sketch que supo llamarse "Noti Pip" les digo: "felicidades y garchen con forro!".

Nahue

3 comentarios:

Mau dijo...

No sos el unico con una maquina asi. Aca tuvimos unos cuantos que, aunque le arreglaras todo, siempre eso que se te escapaba de reparar se rompia y te dejaba bien en banda.
Pero bueno yo no lo sentia porque no era mio, me imagino que ese auto te debe estar consumiendo mas guita que tener un crio y capaz mas paciencia tambien.

Naty dijo...

¿Tenés cinco minutos? Leete el post de Nahue y al carajo el té. O si hace mucho frío, tomátelo.

Nahue dijo...

Mau, es tal cual lo describís. Estoy planteando con mis viejos la posibilidad de comprarme otro y que ese se lo queden ellos.

Naty: me siento halagado, gracias :D